Me desperté con la luz del sol filtrándose por las cortinas del ático, un rayo traicionero que me recordaba que el mundo seguía girando pese a todo.
El reloj marcaba las nueve y media de la mañana, y mi corazón ya latía con fuerza, un pulso ansioso que se sincronizaba con las pataditas de Ariadna y Aisha en mi vientre.
Tomé una ducha rápido y me vestí antes de que él entrara en la habitación.
Antes de irse entró a despedirse.
—Vuelvo temprano, Cherry. Descansa —dijo, su voz suave, pero sus ojos