La llamada de Leonardo había llegado más temprano, su voz cortante, urgente.
—Marianna, tenemos que vernos. A las seis. ¿Dónde estás? —dijo, con ese tono que siempre intentaba imponer control.
Sonreí, recostándome en la silla.
—No, Leonardo —respondí, manteniendo la voz ligera—. Estoy ocupadísima. A las diez, en mi casa. Es mejor. Ahora mismo no puedo.
—Es muy tarde —replicó él, con un dejo de frustración.
Suspiré con dramatismo, enroscando un mechón de mi cabello negro y largo alrededor de mi