Leonardo ya se había ido —lo oí salir temprano, su beso en la frente un gesto mecánico que ignoré—, y el ático estaba en silencio, roto solo por el zumbido lejano del aspirador del servicio de limpieza. Me senté en el borde de la cama, limitándome a movimientos mínimos, pero hoy no podía esperar. Tomé el teléfono de la mesita, mi mano temblando un poco al marcar el número de América. Sonó dos veces antes de que contestara, su voz alegre rompiendo el vacío.
—¡Camila! ¿Cómo estás? ¿Ya te sientes