Mundo de ficçãoIniciar sessãoTodo por un mensaje de texto. Eva jamás imaginó que la prueba de la infidelidad de David cabría en una pantalla, ni que su venganza sería tan simple como enviarlo de vuelta a su amante en la cajuela de un Uber. Esa noche, entre los restos de su corazón roto y una botella de vino tinto, se durmió frente a ese cuadro antiguo que le hablaba de un amor que creía perdido. Un amor de otra era. Al despertar, el mundo se había transformado. El sonido de los coches fue reemplazado por el rumor de fuentes en un jardín. El hormigón de su ciudad se desvaneció en altos muros de piedra vestidos con hiedra. Y su nombre… su nombre ya no le pertenecía. «Buenos días, lady Evangeline», dijo una voz desconocida, acompañada de una reverencia. Arrancada de su realidad, Evangeline ahora debe habitar la piel de una joven de la alta sociedad del siglo XIX. Este es el mundo de pasiones secretas, de miradas que valen más que las palabras y de reglas sociales que pueden destrozar reputaciones… y vidas. Pero pronto descubrirá que los bailes de salón esconden intrigas más peligrosas que cualquier red social, y que el amor en esta época no es solo sobre cartas y ramos de flores… …es una cuestión de supervivencia.
Ler mais—¿Me vas a contar o tengo que sacarlo con tenazas?Olivia está apoyada en el marco de la puerta, los brazos cruzados, el pelo todavía húmedo formando pequeños rizos pegados a las mejillas. Tiene esa sonrisa suya, la de ya lo sé todo pero quiero oírlo de tu boca.Yo no respondo. Sigo recogiendo los mandos de la PlayStation y las tazas de chocolate. Las llevo a la cocina. Abro el grifo. Enjuago. El agua fría me ayuda a bajar la temperatura de la cara.—Ofelia —dice ella desde la puerta de la cocina, con un tono que ya no es de broma—. ¿Puedes explicarme cómo pasaste de no querer una cita con él a devorarse en el sofá?—Nadie se devoró a nadie —respondo, sin volverme. Froto la taza de la sonrisa con más fuerza de la necesaria.—¿Ah, no? ¿Y por qué él estaba sin camisa y tú casi desnuda?—Nos mojamos —digo, cerrando el grifo de golpe—. Cayó una tormenta. Nos cambiamos de ropa. Nada más.Dejo las tazas en el escurr
No es él. No es él. No es él.El mantra que me mantiene a salvo. La cadena que me impide caer.—Brayan… —empiezo, pero no sé cómo terminar la frase.Él espera. Sin prisa. Con los brazos a los lados, las palmas abiertas, como si me estuviera diciendo no voy a atacar, solo voy a quedarme aquí, mirándote, hasta que decidas qué hacer conmigo.La tormenta ruge afuera. Dentro, el silencio se estira como una cuerda que podría romperse en cualquier momento.Y ninguno de los dos se mueve.—Dime que ese no e es el diálogo de tu próxima película porque es pésimo—suelto, y mi voz sale más firme de lo que me siento.Él parpadea. Luego sonríe. Luego suelta una carcajada baja, sincera, que nace en su pecho desnudo y se escapa por sus labios como un animal pequeño que llevaba mucho tiempo enjaulado.La tensión se rompe. No del todo —queda un hilo, una hebra pegajosa que nos conecta— pero se afloja lo suficiente para que p
Salimos juntos de la cafetería y el cielo se había nublado por completo. No esa nube gris y perezosa que anuncia una llovizna cortés. No. Era una masa densa, violenta, de un azul plomizo que apretaba desde arriba como si el cielo quisiera aplastar la calle.—Espero que nos dé tiempo llegar sin empaparnos —digo, aunque ya sé que no. Se huele la tormenta en el aire. Huele a tierra anticipada, a ozono, a algo eléctrico que me eriza los vellos de los brazos.—Debí haber traído el auto —responde Brayan, y hay un dejo de culpa en su voz, como si mojarme fuera una herida que él mismo me ha causado.No le digo que no importa. Porque sí importa. Pero no por la lluvia.Nos montamos en la moto. Basta doblar la esquina para que el cielo se rompa. No es lluvia. Es un muro de agua que nos golpea el pecho, la cara, los brazos. Los relámpagos rasgan el cielo en blanco y los truenos llegan tan cerca que los siento en los dientes. Me aprieto a él. No por miedo. Por instinto. Su espalda es lo único cali
El silencio no es incómodo. Es otra cosa. Es como si el tiempo hubiera decidido estirarse solo para nosotros, para que cada segundo dure más de lo que debería.Pido lo primero que veo en la carta. Un capuchino. No porque quiera café, sino porque necesito hacer algo con mis manos. Brayan pide lo mismo, pero añade algo más en voz baja al camarero, que asiente y se retira con esa sonrisa medida que no logro descifrar.—¿Puedo preguntarte algo? —dice él, apoyando los codos en la mesa.—Depende de qué sea.—¿Por qué me miraste así? Ese día en la calle. Cuando me quité el casco.La pregunta me atraviesa. Pienso en Harry. En cómo me miraba él. En cómo nunca necesité explicarle nada porque simplemente entendía.—No te miré de ninguna manera —miento.—Mientes mal.Sonríe. Y por un segundo, su sonrisa me recuerda a la del príncipe. La misma seguridad. El mismo brillo en los ojos. Pero también hay algo más, algo





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