Mundo ficciónIniciar sesiónTodo por un mensaje de texto. Eva jamás imaginó que la prueba de la infidelidad de David cabría en una pantalla, ni que su venganza sería tan simple como enviarlo de vuelta a su amante en la cajuela de un Uber. Esa noche, entre los restos de su corazón roto y una botella de vino tinto, se durmió frente a ese cuadro antiguo que le hablaba de un amor que creía perdido. Un amor de otra era. Al despertar, el mundo se había transformado. El sonido de los coches fue reemplazado por el rumor de fuentes en un jardín. El hormigón de su ciudad se desvaneció en altos muros de piedra vestidos con hiedra. Y su nombre… su nombre ya no le pertenecía. «Buenos días, lady Evangeline», dijo una voz desconocida, acompañada de una reverencia. Arrancada de su realidad, Evangeline ahora debe habitar la piel de una joven de la alta sociedad del siglo XIX. Este es el mundo de pasiones secretas, de miradas que valen más que las palabras y de reglas sociales que pueden destrozar reputaciones… y vidas. Pero pronto descubrirá que los bailes de salón esconden intrigas más peligrosas que cualquier red social, y que el amor en esta época no es solo sobre cartas y ramos de flores… …es una cuestión de supervivencia.
Leer másLa sangre me hirvió, borrando el miedo inicial y dejando solo una rabia pura y cortante al ver su sonrisa de satisfacción. Su presencia confirmaba todas mis sospechas más oscuras.—Eres un cobarde —escupí, y mis palabras resonaron en la sala fría—. Un cobarde y un miserable. Utilizar el sello de tu padre, la autoridad de la corona, para vengar tus despechos… es lo más bajo que he visto.Erick no se inmutó. Su sonrisa se ensanchó, como si mis insultos fueran cumplidos.—¿Cobarde? Yo diría más bien… ingenioso. Tu bruto campesino con título robó lo que era mío. Esto no es una venganza, es un reequilibrio. Una lección sobre a quién perteneces.—¡No te pertenezco! —grité, avanzando un paso—. Y él no es ningún bruto. Es diez veces el hombre que tú nunca serás.—Tal vez —concedió con fingida condescendencia, examinándose las uñas—. Pero los hombres, por brillantes que sean en el campo de batalla, son terriblemente frágiles. Una bala perdida. Una orden mal entendida. Un… accidente con la bayo
La despedida en Forteng fue un cuadro de dolor contenido. Bajo la luz gris del amanecer, con la neblina enredada en los cipreses, todo era protocolo rígido y miradas que se esquivaban. La duquesa, con la dignidad de una reina derrotada, besó la frente de su hijo con labios fríos. Yo, con el rostro entumecido, mantuve la compostura. Nuestras manos se entrelazaron por un instante, un último contacto eléctrico y fugaz.—Vuelve —le dije, y fueron las únicas palabras que pude pronunciar sin que mi voz se quebrara.Él asintió, sus ojos grabando mi imagen una última vez. Luego, giró sobre sus talones y subió al carruaje cerrado que lo llevaría al muelle. La puerta se cerró con un portazo sordo y definitivo. Los caballos partieron al trote, alejando el vehículo por el camino de grava.El corazón se me hundió en el pecho, vacío y pesado. Justo entonces, algo blanco y doblado, atrapado entre la gravilla donde había estado el carruaje, llamó mi atención. Me agaché, entumecida. Era un papel. Lo d
Los tres días habían pasado volando.Supe aprovechar al máximo cada minuto a su lado y aún así no fue suficiente.La última noche cayó sobre mi como un manto de plomo. Un silencio anormal, pesado, se había apoderado de la casa. No podía estar en mi habitación, respirando esa quietud que anticipaba la ausencia. Estaba otra vez en el balcón, abrazándome a mí misma contra el frío que venía de dentro, no del exterior.No hubo ruido de gravilla esta vez. Solo la sombra familiar que surgió de la oscuridad y se encaramó a la barandilla con la práctica silenciosa de quien ya ha recorrido ese camino. Harry. Llevaba ropa sencilla botas pesadas y una chaqueta de cuero, no el frac de nuestras noches de baile. Olía a aire frío y a determinación.No dije nada. Él tampoco. Se acercó y me envolvió en sus brazos, y yo enterré el rostro en su cuello, aspirando su esencia, tratando de grabarla en mis pulmones. No había espacio para lágrimas; el cuerpo estaba demasiado entumecido por el dolor anticipado.
Sus palabras me habían dejado sin respiración. Él me pedía un juramento como si fuera un sacrificio esperarlo, cuando la verdad era que si no era con él, no sería con nadie. Mis ojos buscaron la oscuridad de los suyos y vi en ellos la desesperación por mi respuesta. En verdad dudaba de mí. Dudaba de que mi amor fuera tan absoluto, tan irrevocable como el suyo. Y eso... eso me enfureció más que el decreto real.Un fuego súbito reemplazó el frío del miedo en mis venias. Solté su solapa y le di un empujón en el pecho, no fuerte, pero suficiente para hacerlo retroceder un paso, su sorpresa pintada claramente en el rostro a la luz de la luna.—Eres un estúpido —fue lo primero que dije, y mi voz no temblaba, ardía—. Un estúpido arrogante y ciego.—Evangeline, yo sólo— intentó explicar, pero le corté la palabra con un gesto brusco de mi mano.—¿Crees que necesito que me pidas que te espere? —espeté, avanzando hacia él. Valto, confundido, emitió un pequeño gruñido—. ¿Crees que mi amor es tan
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