Los príncipes azules no existen ....¿o sí ?

Los príncipes azules no existen ....¿o sí ?ES

Romance
Última actualización: 2026-04-05
Geidy Clark  En proceso
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Resumen
Índice

Todo por un mensaje de texto. Eva jamás imaginó que la prueba de la infidelidad de David cabría en una pantalla, ni que su venganza sería tan simple como enviarlo de vuelta a su amante en la cajuela de un Uber. Esa noche, entre los restos de su corazón roto y una botella de vino tinto, se durmió frente a ese cuadro antiguo que le hablaba de un amor que creía perdido. Un amor de otra era. Al despertar, el mundo se había transformado. El sonido de los coches fue reemplazado por el rumor de fuentes en un jardín. El hormigón de su ciudad se desvaneció en altos muros de piedra vestidos con hiedra. Y su nombre… su nombre ya no le pertenecía. «Buenos días, lady Evangeline», dijo una voz desconocida, acompañada de una reverencia. Arrancada de su realidad, Evangeline ahora debe habitar la piel de una joven de la alta sociedad del siglo XIX. Este es el mundo de pasiones secretas, de miradas que valen más que las palabras y de reglas sociales que pueden destrozar reputaciones… y vidas. Pero pronto descubrirá que los bailes de salón esconden intrigas más peligrosas que cualquier red social, y que el amor en esta época no es solo sobre cartas y ramos de flores… …es una cuestión de supervivencia.

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Capítulo 1

La infidelidad

Todo comenzó con un mensaje de texto en el teléfono de mi novio.

No me malinterpreten: solo estaba recogiendo el tiradero que David había dejado al llegar borracho. Ropa en el suelo, llaves sobre la mesa, zapatos cruzados como escombros de su desastre. Él roncaba en el sofá con la boca abierta, despatarrado, ajeno a que su mundo estaba a punto de incendiarse.

El mensaje decía: "Lo pasé genial esta noche".

Intenté entrar al chat, pero estaba bloqueado. Eso me generó más intriga.

"Puede ser de un amigo", me dije a mí misma. Pero bien sabía que nadie pone contraseñas para proteger a un amigo.

Según el nivel de toxicidad en su máxima potencia, la contraseña era su fecha de nacimiento. Lo intenté. Se abrió.

Y entonces lo vi.

No eran mensajes sueltos. Era una conversación entera. Chistes internos, audios de madrugada, fotos que él me había enviado a mí una semana antes pero con otro filtro, otra luz, otra intención. Y ella respondiendo con emojis de corazones y "me encantó verte".

Revisé el número. Lo copié. Lo pegué en mi agenda.

Y mi estómago se hundió.

Era el número de Marian. Mi compañera de trabajo. Esa que me prestaba su cargador cuando se me olvidaba. Esa con la que había compartido almuerzos y confidencias superficiales. Esa que también tenía pareja. Esa que me dijo una vez: "Ofelia, qué suerte tienes con David, es tan detallista".

Mentira. Todo mentira.

Puedo decir con exactitud que no me dolió.

Me molestó. Me hirvió la sangre. Me dio asco. Pero no dolió.

Y eso fue lo más extraño: descubrir que él no merecía ni siquiera mi dolor.

Lo que sentí fue un odio limpio, frío, quirúrgico.

Odio por hacerme perder el tiempo. Odio por haberme besado con esa misma boca horas antes. Odio por cada mentira dicha con naturalidad, cada "te amo" mecanizado, cada tarde que me canceló por "trabajo" mientras se reía con ella.

Odio por hacerme dudar de mí misma. Por hacerme pensar, durante meses, que yo era el problema. Que yo pedía demasiado. Que el amor no era como en los libros porque la vida real no es así.

Pero sobre todo, odio por ser tan mediocre.

Tan predecible. Tan cliché.

Él estaba ahí, roncando en mi sofá como un trasto viejo, y pensé que se la podía devolver. Así que hice capturas de pantalla de los chats y las fotos enviadas entre ellos —incluida una donde él aparecía en el taller de ella, con una camisa que le regalé en Navidad—, las imprimí, llamé un Uber y le di la dirección de mi amiga. Subí el papel y a él, borracho, dentro del carro con todas sus pertenencias.

—Hola, Marian —le dije apenas contestó la llamada.

—¿Ofelia? ¿qué ocurre? Es raro que me llames a esta hora. ¿Todo está bien?

—Sí, tranquila —dije con mucho esfuerzo a la víbora del otro lado—. Disculpa la hora, pero te tengo una sorpresa adelantada por tu cumpleaños. Ya te la envié y debe estar por llegar a tu casa.

—Pero, amiga, no tenías que molestarte.

—Claro que sí, eres una gran compañera de trabajo —dije con una actuación de diez—. Debes bajar a buscar el regalo y lleva a tu esposo; es que es muy grande y pesa.

—Pero ¿qué es? Me tienes con intriga.

—Ya verás, sé que te sorprenderá.

Y no sabes cuánto.

Colgué el teléfono y una sonrisa se me dibujó en el rostro. Una sonrisa fea. De esas que salen cuando decides que alguien merece arder. Tal vez me excedí un poco. O tal vez debí decirle al chófer que lo grabara todo. Sea lo que sea, ya está hecho.

Debo admitir que me sorprendió más con quién me era infiel que el hecho de que lo fuera. Porque a David siempre lo sospeché capaz de todo. Pero ¿Marian? ¿Esa que me preguntaba por mi fin de semana? ¿Esa que me ofrecía galletas en la oficina?

Qué asco.

Y aquí estoy: sentada en mi salón con una copa de vino, ahogando las penas. O ahogando el odio. O ahogando la vergüenza ajena. No lo sé bien. Justo al frente está mi estudio de trabajo, donde tengo un cuadro muy antiguo que debo restaurar. Para eso me pagan.

En el cuadro se ve un hermoso salón donde se celebra algo. Jóvenes hermosas luciendo vestidos finos y elegantes —nada que ver con la moda de ahora—. Caballeros invitando a bailar a las chicas. Pero justo en el medio hay una pareja que resalta. Ambos brillan con una luz distinta. Sus miradas están conectadas. Sus labios añoran tocarse, pero las normas de la sociedad lo prohíben. En esa pareja se puede ver el flechazo del amor… o…

Yo ya estoy demasiado borracha y estoy viendo estupideces.

Aunque, si hay algo que es verdad, es que el amor de antes era más bonito. Más pasional. Más fuerte.

Antes, un hombre te redactaba cartas, te regalaba ramos de flores, te llevaba serenata y aguantaba guerras y destierros solo por el amor de su amada.

Mientras que ahora, cuando te llega un ramo de flores, es porque hizo alguna trastada. O un hermoso mensaje redactado por ChatGPT. O peor: te es infiel y pretende compensarlo con detalles que nunca tuvo cuando estaba contigo.

Mi hermana mayor siempre me dice que sueño despierta. Que tengo el listón del amor muy alto por culpa de los libros que leo. Y que por eso nunca he llegado a conectar con nadie.

Puede que tenga razón. Porque a mis 24 años todavía no me he enamorado. O por lo menos no he sentido nada parecido a lo que narran los libros. Y no ha sido por falta de intentos. Tal vez vengo con algún defecto de fábrica.

Pero, siendo sincera, adoro ser así. Mientras otras hacen videos para TikTok con ropa provocativa, yo estoy leyendo. Mientras otras buscan la noche para salir de fiesta, yo la prefiero para observar constelaciones o ver una película con palomitas. Y mientras otras conocen hombres a diario, yo solo temo no conocer a mi hombre. Ese que me haga sentir aunque sea una pizca de lo que dicen que es el amor.

Por eso siempre he fantaseado con historias de épocas donde el amor va más lento. A su ritmo. Construyendo sus cimientos paso a paso. Donde la recompensa final no es acostarse o lo físico, sino el sentimiento.

Quién fuera para estar en una de esas fiestas. En busca del amor. Para sentir la mirada de algún caballero. Para poder bailar en sus brazos y por fin poder escuchar a mi corazón.

Pero luego miro el teléfono. Las capturas. Las fotos. El Uber que se llevó a David.

Y pienso:

Los príncipes azules no existen.

O si existen, no se llaman David.

Y definitivamente no se acuestan con la compañera del trabajo que te presta el cargador.

Apuro el vino.

El cuadro me devuelve la mirada.

Y por un segundo juro que la pareja del centro… sonríe.

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