La mañana llegó, y con ella, una tormenta de emociones que no eran precisamente las que había esperado. Me desperté con la sensación de que algo flotaba en el aire; una energía nerviosa que se filtraba incluso tras las gruesas paredes de mi habitación. Afuera, el sonido de pasos apresurados y murmullos de los sirvientes que iban y venían confirmaban que toda la casa estaba en vilo.
Elena y Diana me ayudaron a vestir con un delicado vestido rosado, adornado con pequeñas flores bordadas en hilo p