La sangre me hirvió, borrando el miedo inicial y dejando solo una rabia pura y cortante al ver su sonrisa de satisfacción. Su presencia confirmaba todas mis sospechas más oscuras.
—Eres un cobarde —escupí, y mis palabras resonaron en la sala fría—. Un cobarde y un miserable. Utilizar el sello de tu padre, la autoridad de la corona, para vengar tus despechos… es lo más bajo que he visto.
Erick no se inmutó. Su sonrisa se ensanchó, como si mis insultos fueran cumplidos.
—¿Cobarde? Yo diría más bi