La despedida en Forteng fue un cuadro de dolor contenido. Bajo la luz gris del amanecer, con la neblina enredada en los cipreses, todo era protocolo rígido y miradas que se esquivaban. La duquesa, con la dignidad de una reina derrotada, besó la frente de su hijo con labios fríos. Yo, con el rostro entumecido, mantuve la compostura. Nuestras manos se entrelazaron por un instante, un último contacto eléctrico y fugaz.
—Vuelve —le dije, y fueron las únicas palabras que pude pronunciar sin que mi v