Nuestras miradas se entrelazaron por un instante eterno, y nuestras manos se separaron lentamente, como si el aire mismo se resistiera a romper aquel contacto. Él hizo una reverencia perfecta, con una elegancia innata que parecía sacada de un cuadro, y se alejó entre la multitud. Yo me retiré también, pero cada paso que daba era inestable, como si el suelo se hubiese vuelto de algodón. Todo en mí temblaba: mis manos dentro de los guantes húmedos, mis rodillas bajo las enaguas, incluso el corazó