Me quedé aturdida mientras miraba mi reflejo en sus hermosos ojos azules. Él repitió la misma pregunta.
—¿Está bien, señorita Evangeline?
—Sí —respondí débilmente, intentando enderezarme.
—¿Segura? Tiene la cara muy roja.
En eso me percaté de que me había ruborizado por su proximidad y me llevé las manos a las mejillas, intentando ocultar lo evidente. Este cuerpo puede que sea muy parecido al mío, pero cosas tan normales como estas me hacían reaccionar como una adolescente en su primera vez.
—¡