—No quiero —musité, más para mí que para ellas, apretando los ojos con fuerza—. Esto es un sueño, esto no es real.
Me lo repetí como un mantra, un hechizo desesperado para romper el encanto. Me pellizqué el brazo, me tiré del pelo—un dolor agudo y genuino—mientras mis dos doncellas me observaban con una mezcla de horror y piedad.
—¡Voy por el doctor! —exclamó una de ellas, saliendo disparada de la habitación—. ¡Milady está muy alterada!
—¡No estoy alterada, estoy… lo que viene después de alterada! —grité, frustrada. ¿Cómo podía un sueño oler a leña, doler tanto y tener sirvientas tan insistentes? En eso, mi mirada se cruzó con el espejo de cuerpo entero junto al armario. Me acerqué tambaleándome.
Y ahí estaba yo. La misma de siempre. Delgada, pequeña, ojos verdes, pelo castaño. Aunque ...el pelo era una selva de rizos que no recordaba haber tenido nunca. Pero era yo. No me habían metido en el cuerpo de otra. ¿Me habían metido en mi cuerpo en otra época?
—Me pasa por emborracharme con vino barato —suspiré, derrotada. Y entonces, un pensamiento oscuro y lógico cruzó mi mente: en las películas, la forma de salir de un sueño lúcido es muriendo en él. ¿Y si me tiro?
La idea me electrizó. Me acerqué a la ventana de par en par y el aire fresco me golpeó el rostro. Abajo, el suelo estaba terriblemente lejos. Para ser un sueño, daba muchísimo miedo tirarse. Respiré hondo, cerrando los ojos, decidida a despertar en mi sofá con resaca.
Justo cuando me inclinaba, un par de brazos me rodearon la cintura y me tiraron hacia atrás con una fuerza sorprendente.
—¡¡No, milady, por favor!! —gritó mi doncella, aferrándose a mí como a un saco de patatas.
La puerta se abrió de golpe y apareció el doctor, seguido de la otra sirvienta, ambos con los ojos como platos.
—¡Ayuda, la señorita está fuera de sí! —lloriqueó la que me sujetaba.
Entre el doctor—que tenía más fuerza de la que aparentaba—y las chicas, me llevaron en volandas de vuelta a la cama. Yo pataleé y protesté como una niña berrinchuda.
—¡Quiero despertar! ¡Esto es una pesadilla victoriana con moños feos! ¡Suélteme!
Fue entonces cuando el doctor, con una paciencia infinita, sacó un pañuelo de su chaleco y lo agitó frente a mi nariz. Olía a… a flores podridas y a productos químicos de los fuertes. Un olor muy, muy penetrante.
—Respire hondo, lady Evangeline —dijo con voz calmada.
Y yo, como idiota, lo hice. Mis ojos empezaron a lagrimear al instante y una pesadez irresistible se apoderó de mis párpados. El mundo se volvió borroso y silencioso, y me sumí en una oscuridad profunda y sin sueños.
Mis ojos se abrieron de nuevo. La luz del atardecer teñía la habitación de tonos anaranjados. Seguía en la misma cama, en la misma habitación ridículamente lujosa. Pero esta vez, la rabia había dado paso a una resaca existencial y a una claridad pragmática: Actuar como una loca suicida no me iba a sacar de aquí. Probablemente solo conseguiría que me encerraran en un manicomio de la época, que debían ser encantadores.
Me senté en la cama, con cuidado. Tenía que ser estratégica. Tenía que averiguar las reglas de este juego.
Con una determinación nueva, me levanté y me acerqué al armario roble. Al abrir las puertas, una cantidad obscena de vestidos, enaguas, corsés y telas preciosas se abrió ante mí. Sedas, encajes, terciopelos… era el sueño húmedo de cualquier amante de la moda histórica.
Una sonrisa tonta se dibujó en mis labios. ¿Y si…? ¿Y si simplemente disfrutaba de esta fantasía absurda hasta que me despertara? Al fin y al cabo, siempre lo había soñado. Podía interpretar el papel de la duquesa despistada. Podría vivir y experimentar todo lo que siempre quise.
En ese momento, llamaron suavemente a la puerta.
—Adelante —dije, tratando de sonar lo más normal posible, lo que en esta situación era como tratar de sonar ecuánime en medio de un huracán.
Entró una mujer de mediana edad, vestida con un riguroso traje negro de luto y una expresión que podría agriar la leche. Iba flanqueada por mi asustadiza doncella y un hombre delgado y severo con una carpeta bajo el brazo—el señor Pembroke, supuse.
La mujer me examinó de arriba abajo con una mirada crítica.
—Evangeline, sobrina. Me han informado de tu… episodio —dijo con una voz que raspaba como lija fina—. El doctor cree que toda esta… situación… la conmoción por la trágica y repentina partida de tus padres, los duques de Witmore, sumado al golpe en la cabeza, ha nublado tu memoria.
Hice unos ojos como platos. Amanece que no es poco. ¿Amnesia? ¡Era el cliché perfecto! ¡Dios mío, me lo estaban sirviendo en bandeja de plata!
Intenté poner una cara de confusión patética. —¿Mis… padres? —tartamudeé, llevándome una mano dramáticamente a la frente—. Lo último que recuerdo con claridad es… es intentar domar a ese caballo tan terco.
La mujer—mi tía, evidentemente—asintió con una mezcla de exasperación y alivio.
—Exacto. Soy tu tía, lady Agatha Montford, condesa viuda de Ashworth. Y este —dijo, señalando al hombre severo— es el señor Pembroke, el administrador de Montford Manor, tu hogar. O lo que queda de él.
—Montford… —repetí, probando el sonido. Evangeline Montford. Condesa de Witmore. Suena hasta bien.
—Sí, querida. Montford. Apellido de rancio abolengo y… deudas de rancio importe —espetó lady Agatha sin rodeos—. Esta mansión, las tierras, el título… todo pende de un hilo. Un hilo que solo puede ser cortado o reforzado por un matrimonio rápido y, preferiblemente, rico.
—Ah —fue todo lo que atiné a decir. Directa al grano, la tía Agatha. Nada de rodeos.
—Por eso —continuó ella, como si estuviera anunciando el menú del día—, en cuanto estés presentable, nos trasladaremos a la ciudad. Yo me encargaré de tu debut en sociedad. Te enseñaré a no comportarte como una yegua desbocada y a encontrar un marido que no solo salve tu patrimonio, sino que además te permita comer algo más que patatas y nostalgia hasta fin de mes.
El señor Pembroke carraspeó incómodo. —Lady Agatha, quizás un poco de tacto…
—El tacto es un lujo, Pembroke. Y los lujos los hemos agotado —le cortó en seco. Luego se volvió hacia mí—. ¿Entendido, Evangeleine?
La miré. A mi tía de armadura negra y corazón de contable. Al administrador de cara larga. A mis doncellas asustadas. Y a aquel armario lleno de vestidos preciosos que valían más que todo el apartamento que había dejado atrás.
Una sonrisa lenta se dibujó en mis labios. Esto era completamente demencial.
—Entendido, tía Agatha —dije, con una voz mucho más firme—. Enséñeme a cazar un marido. Pero le advierto que no me casaré con un vegestorio no quiero un sugar daddy por mucha falta que me haga el dinero y no me podrás comprometer si yo no lo deseo.
Ella me miró como si hubiera empezado a hablar en sanscrito.
—Dios mío —suspiró, frotándose el puente de la nariz—. El daño cerebral es peor de lo que pensaba. Traed té . Y que sea doble.