Pues llegó el gran día, el momento de mi debut en sociedad, o «la cacería», como lo llamaba yo mentalmente. Mis nervios estaban a flor de piel, tanto que mis manos comenzaron a sudar y empapar los impecables guantes de seda blanca que llevaba puestos. Me di una última mirada en el espero de mi habitación. No cabía duda: parecía un personaje sacado de uno de aquellos cuentos de hadas que tantas veces había leído. Mi cabello estaba recogido en un elaborado moño del que escapaban unos cuantos rizos cuidadosamente dispuestos, otorgándome un aire refinado y delicado. Mi vestido era de un azul celeste etéreo, compuesto por innumerables capas de fina muselina y una última de tul transparente, adornado con delicados bordados dorados que brillaban a la luz y hacían juego perfecto con mis aretes y collar de perlas. Realmente, me sentía como una princesa de cuento.
Respiré hondo, intentando calmar el vuelo de mariposas en mi estómago, y miré a mis doncellas, cuyos rostros reflejaban orgullo y emoción.
—Está preciosa, mi lady —dijo Elena , ajustando un pliegue imperceptible en la falda. —Seguro que mañana tendrá una cola de pretendientes esperando su favor—añadió la otra doncella, Diana , con una sonrisa pícara.
Ambas me tomaron de las manos y nos dimos un breve pero significativo abrazo. En ese momento, me sentí como un soldado siendo despedido hacia el campo de batalla, con sus generales deseándole suerte.
Bajé con extremo cuidado las enormes y relucientes escaleras de mármol de la mansión de mi tía y la encontré en la entrada, impaciente y elegantemente ataviada con un vestido de terciopelo verde oscuro.
—¡Estás hermosa, querida! —exclamó—, ¡pero vamos con mucho retraso! Llegar tarde a un evento así es de muy mala educación.
—Tranquila, tía —intenté calmarla—. Estoy segura de que nadie notará nuestra ausencia, al fin y al cabo, nadie me conoce aún.
—¡Niña, es que no has prestado atención! —replicó con exasperación—. El primer baile es crucial. Es cuando se hacen las presentaciones formales y la alta sociedad conoce tus títulos y tu linaje. ¡La primera impresión lo es todo!
Con la ayuda del mayordomo, subí al carruaje, sintiendo cómo los nervios se apoderaban de nuevo de mí. Al llegar, una interminable fila de carruajes se extendía alrededor del inmenso palacio donde se celebraría el baile de inauguración de la temporada. La majestuosidad del lugar me dejó sin aliento; era tan impresionante como en las películas más fastuosas. Según nos acercábamos, más belleza y esplendor se revelaba ante mis ojos. Nos detuvimos frente al gran portón que daba acceso al salón principal. Mi tía se giró y me escrutó de arriba abajo, buscando cualquier detalle que estuviera fuera de lugar. Ajustó un pliegue de mi vestido y acomodó unos rizos sueltos de mi moño.
—Estás radiante —susurró—. Todo saldrá bien. Recuerda todo lo que hemos practicado.
Me dio un beso en la mejilla y entregó una tarjeta de invitación al lacayo de la entrada, quien, tras una reverencia, abrió las grandes puertas de madera tallada.
Mis piernas comenzaron a temblar de manera incontrolable cuando sentí que todas las miradas se posaban sobre mí. Entonces, escuché la voz resonante del maestro de ceremonias a mis espaldas:
—¡Su excelencia, lady Agatha Montford, condesa viuda de Ashworth, y su sobrina, lady Evangeline Montford, condesa de Witmore!
Mi tía me indicó con una leve inclinación de cabeza que comenzara a descender la escalinata de mármol. Lo hice con la elegancia que pude reunir, aunque cada paso me pareció torpe y eterno. Al llegar al último peldaño, respiré aliviada, hasta donde el ajustado corsé me lo permitió, y di gracias mentalmente por no haber tropezado delante de toda la aristocracia reunida.
Mi tía se colocó a mi lado, entrelazó su brazo con el mío y me condujo hacia un grupo de damas de aspecto severo y joyas deslumbrantes.
—Duquesa, ¡qué honor verla por aquí! —dijo una de ellas con una sonrisa que no llegaba a sus ojos. —El gusto es mío,señoras —respondió mi tía con una gracia impecable—. Espero no importunaros con nuestra presencia. —¡Para nada!Será un placer contar con vuestra excelente compañía esta temporada —repuso otra dama.
En eso, mi tía notó que yo seguía a su lado como una sombra y me lanzó una mirada fulminante.
—Evangeline, ve a relacionarte con las otras jóvenes —me ordenó en un susurro cargado de urgencia. —Si lo desea,señorita, puede conversar con mi hija Charlotte —se ofreció una de las damas, señalando a una joven de vestido rosa pálido—. Estoy segura de que se llevarán bien.
Me sentí como una niña pequeña en su primer día de escuela, obligada a hacer amistades forzadas. Con resignación, me dirigí hacia la joven cuando la voz de mi tía me detuvo.
—¡Ah, Evangeline! Se me olvidaba lo más importante —exclamó, arrastrándome hacia una mesa auxiliar donde reposaban unas pequeñas libretas de marfil atadas con un cordel de seda y un lápiz diminuto—. Tu cartulina de baile. Es fundamental para esta noche.
Tomó una y me la colocó en la muñeca. Asentí, sintiéndome aún más aturdida, y continué mi camino hacia Charlotte.
—Buenas noches —dije, curvándome levemente en una reverencia practicada—. Soy Evangeline Montford, condesa de Witmore. — Buenas noches mi nombre es Charlotte Valderrama—respondió ella con una sonrisa cálida y genuina que inmediatamente disipó parte de mi ansiedad—. ¡Qué alivio encontrar a alguien que también parece sentirse un poco perdida! Esta es mi primera temporada también.
— Se nota tanto lo perdida que estoy — comenté sin apenas pensar antes de hablar
Ella solo me miró y dejo escapar una pequeña carcajada
Charlamos animadamente sobre lo abrumador de todo ello, encontrando rápidamente un terreno común en nuestro nerviosismo y en la ridícula opresión de los corsés. Su compañía fue un bálsamo en medio del mar de caras desconocidas.
Pronto, un joven caballero de pelo oscuro y sonrisa confiada se acercó con una reverencia.
—Lady Evangeline, sería un honor para mí tener el privilegio de anotarme para el primer vals —dijo con una voz melodiosa. —El honor sería mío,sir —respondí, abriendo mi cartulina y anotando su nombre con mano temblorosa junto al baile correspondiente.
No pasó mucho antes de que otro caballero, rubio y de ojos azules, se presentara para reclamar una polca. Luego, un tercero, más serio y de modales impecables, pidió la cuadrilla. Mi cartulina se fue llenando de nombres elegantes y letras curvas, cada anotación un compromiso, un paso más en este juego social del que dependía mi futuro.
Entre baile y baile, Charlotte y yo intercambiábamos miradas cómplices y comentarios susurrados sobre los caballeros, riendo en secreto de algunos y admirando en silencio a otros. Por un momento, entre la música, las luces y la compañía inesperada de una amiga, casi logré olvidar que estaba en una subasta disfrazada de baile. Casi.
La noche avanzaba y ya tenía todos los bailes reservados. Al ser extranjera en esta ciudad, me había convertido en la nueva sensación de la velada. Aunque mi amiga Charlotte no se quedaba atrás —había atraído a bastante pretendientes—, sabía que antes había dicho que desearía estar en los zapatos de una de estas chicas, pero ahora que lo estaba, no se sentía como pensé. Era mucho el peso que cargaba sobre mis hombros: debía ser cortés, educada, callada pero no silenciosa, y desde luego no demasiado inteligente, porque los hombres se asustarían. En fin, debía encajar en los prejuicios de esta sociedad.
Todavía me quedaban tres bailes, pero ya me dolían los pies. Mi dulce y cariñosa tía me había ordenado ponerme los zapatos más altos que encontró, argumentando que mi estatura de 1.60 metros —que a mí me parecía perfectamente adecuada— era insuficiente. Ahora, además del dolor, sufría de vértigo.
Me dirigía hacia un balcón que parecía vacío, con la esperanza de que, con disimulo y en la esquina más oscura, pudiera quitarme los zapatos y descansar un momento sin ser vista. Pero tuve un pequeño percance: choqué con una joven y, cuando estaba a punto de caer, unos fuertes brazos me sostuvieron, evitando un aterrizaje terrible y una enorme vergüenza.
Abrí los ojos y me encontré con los ojos más azules que había visto en mi vida. Parpadeé varias veces antes de poder reaccionar. Un apuesto caballero me sostenía, y estábamos tan cerca que pude sentir su aroma a jabón de sándalo y cuero.
—¿Está bien, señorita Evangeline?