Nuestras miradas se entrelazaron por un instante eterno, y nuestras manos se separaron lentamente, como si el aire mismo se resistiera a romper aquel contacto. Él hizo una reverencia perfecta, con una elegancia innata que parecía sacada de un cuadro, y se alejó entre la multitud. Yo me retiré también, pero cada paso que daba era inestable, como si el suelo se hubiese vuelto de algodón. Todo en mí temblaba: mis manos dentro de los guantes húmedos, mis rodillas bajo las enaguas, incluso el corazón dentro de mi pecho, que latía con una fuerza desbocada. Una sonrisa tonta e involuntaria se dibujó en mis labios. Me sentí feliz. Por primera vez desde que llegué a este lugar, desde que todo comenzó, sentí ese nerviosismo delicioso, esas emociones que nublan la razón, esas mariposas revoloteando en mi estómago. Una satisfacción cálida me inundó. ¿Sería posible? ¿Habría encontrado por fin el amor? ¿Me estaría enamorando de verdad?Con la mente sumergida en un mar de dudas y esperanzas, me acer
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