Una tortura

—Esto es una tortura —gemí, apoyándome en el poste de la cama mientras las doncellas tiraban de las cintas del corsé con una fuerza inquietante.

—Todavía está flojo. Apriétenlo un poco más —ordenó la voz implacable de lady Agatha desde el sillón donde supervisaba la operación.

—¡Más! —dije, alterada, sintiendo cómo las varillas oprimían mis costillas hasta casi quebrarlas.

—Sí, más. Ese corsé debe resaltar tus… atributos y marcar tu cintura, cosa que no tienes. Así que aprieten más fuerte esas tiras —insistió, con la frialdad de un general en el campo de batalla.

Yo adoraba la idea de la ropa de época, la elegancia, la etérea belleza de los vestidos. Pero en ese momento entendí por qué la humanidad había evolucionado hacia los jeans y las sudaderas. Ni la faja más potente de mi tiempo era tan insufrible como aquel artilugio de ballenas y brocado que amenazaba con partirme en dos si respiraba profundo.

—Así está bien —sentenció Agatha por fin.

Jadeando levemente, me miré en el espejo. Tenía un cuerpecito de reloj de arena, una cintura de avispa y unos pechos que parecían offering themselves en una bandeja de plata. Pero, ¿a qué costo? Sentía que el próximo estornudo sería mi último.

—¿Cómo se supone que voy a poder bailar, o incluso respirar, con esto puesto? —pregunté, con la voz un poco sofocada.

—Aprenderás. Todas lo hacen —dijo ella, con un gesto de impaciencia—. ¡Señoritas, coloquen el vestido azul celeste! ¡Y que el resto vaya directo a los baúles! Partimos a la ciudad antes del anochecer.

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El viaje en carruaje fue una extensión de la tortura. Cada bache del camino, cada piedra en el sendero, se transmitía directamente a mi corsé apretado, convirtiendo el trayecto en una sesión interminable de micro-ahogos. Me aferré a la agarradera de cuero, mirando por la ventanilla cómo los verdes campos y los bosques de Montford Manor se iban quedando atrás, replaced poco a poco por el traqueteo cada vez más frecuente de otros carruajes y el rumor lejano que anunciaba la ciudad.

Lady Agatha iba sentada frente a mí, rígida como una estatua, repasando una interminable lista de "candidatos adecuados" que parecía memorizada.

—…Lord Harrington, segundo hijo del duque de Northumberland. Buena familia, pero pocas perspectivas… Sir Robert Blackwood, riqueza nueva del carbón, un poco… tosco, pero sus números son impecables…

Yo apenas escuchaba. Estaba demasiado ocupada intentando no vomitar sobre mis hermosos y nuevos zapatos de satén. El mundo exterior se transformaba: el aire limpio del campo fue cediendo ante un olor penetrante a humo de carbón, estiércol de caballo y demasiadas personas viviendo juntas. El sonido de los pájaros fue ahogado por el estruendo de las ruedas sobre adoquines, los gritos de los vendedores ambulantes y el repiqueteo de los herreros.

Finalmente, el carruaje se detuvo con un último y brusco tirón. Agatha bajó la cortinilla de su lado.

—Bienvenida a tu nuevo hogar—dijo con un tono alegre y de admiración

Me asomé. Estábamos frente a una imponente mansión de piedra gris, encajada entre otras similares en una amplia plaza adoquinada. Sus puertas y ventanas tenían detalles en dorado que hacían contraste con las paredes de color blanquecino —un par de ventanas en los pisos superiores estaban adornadas con hermosas flores —, a pesar que se veía antigua aún conservaba su grandeza. El escudo de la familia Ashworth—un halcón rampante—presidía la pesada puerta de roble.

—No te quedes ahí boquiabierta, Evangeline. Pareces una lugareña viendo pasar a la reina. Actúa como si fueras dueña de todo esto, aunque no tengas un penique.

Inspiré hondo—todo lo que el corsé me permitió—y tomé la mano que me tendían para bajar. Las doncellas ya estaban descargando los baúles con mis preciosos y opresivos vestidos.

Miré la fachada de la que sería mi prisión—o mi campo de juego—durante la temporada. Un halcón rampante. Qué apropiado. Justo lo que me sentía: un pájaro atrapado en una jaula dorada, listo para ser exhibido y vendido al mejor postor.

—Vamos —dijo Agatha, pasando por delante de mí con un susurro de seda negra—. Tenemos que pulirte mucho y el tiempo apremia. Tu debut es en tres días.

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