Él despertar en un nuevo lugar

Mi cabeza es un tambor.

Un latido sordo y persistente resuena detrás de los ojos. Un eco punzante que solo puede significar una cosa: la resaca del vino barato de anoche. Cada latido es un martillazo en mis sienes. Intento moverme, y una oleada de náuseas me obliga a apretar los párpados con fuerza.

¿Cuándo se volvió mi colchón tan blando?

Y ese olor… ¿rosas? ¿Dónde quedó el familiar tufo a humo de ciudad y a desodorante barato de David?

Un ruido. Un susurro. Alguien está en mi habitación.

El instinto de supervivencia, aún empañado por el alcohol, logra abrirse paso a través de la niebla. Fuerzo los ojos abiertos, despegando con enorme esfuerzo unos párpados que pesan como plomo. La luz me apuñala las pupilas.

—¡Milady! ¡Gracias al cielo! —La voz es de una mujer, joven, llena de un alivio que suena estridente en mi dolorosa realidad.

Solo distingo una silueta borrosa junto a la cama. Un ladrón. Tiene que ser un ladrón. Con un hilo de voz ronca que apenas reconozco como mío, farfullo hacia la figura:

—No sé quién eres… —las palabras me queman la garganta—. Pero si viniste a robar, puedes llevarte cualquier cosa. Solo déjame… dormir.

Cierro los ojos de nuevo, hundiéndome en la suavidad anormal de la almohada, deseando que la intrusa desaparezca. Pero entonces… el tacto de la sábana. Demasiado fina. Demasiado suave. No es mi sábana de algodón barato de cien hilos. Y el colchón… es enormemente blando. Demasiado.

Mis ojos se abren de golpe, esta vez con una descarga de adrenalina que barre por un instante la resaca. Ya no miro a la chica. Miro el techo. Un dosel aterciopelado de un rojo profundo y ostentoso. Giro la cabeza, demasiado rápido, y el mundo da una vuelta entera. Paredes tapizadas, muebles de madera oscura y tallada, una ventana abierta de par en par por la que entra una luz cegadora y el canto ridículamente idílico de un pájaro.

No es mi habitación. No es mi cama.

El pánico, frío y afilado, me eriza la piel.

Me han secuestrado. Es la única explicación. ¿David? ¿Marian? ¿Fueron tan lejos? Me incorporo de golpe, a pesar de la protesta brutal de mi cabeza.

La chica —joven, con un vestido gris sencillo y el pelo recogido en un moño severo— da un pequeño paso atrás, alarmada por mi reacción.

—Shhh, no se esfuerce, milady Evangeline —dice, con esa voz dulce y preocupada que de repente me parece falsa, de carcelera—. El doctor ya se fue. Dijo que el golpe fue fuerte, pero que con reposo se recuperará.

Milady Evangeline.

Las palabras no encajan. Suenan a una broma de mal gusto, a esas novelas que devoro en mi sofá mientras el mundo real se desmorona. La miro fijamente, con el corazón golpeándome el pecho como si quisiera salir.

—¿Con quién habla usted? —pregunto, y mi voz ya no es un croar, sino un hilo tenso de incredulidad y miedo—. ¿Evangeline? ¿Qué está diciendo?

Ella frunce el ceño, su preocupación se profundiza. Parece genuinamente confundida. No actúa. Eso es lo que más me asusta.

—Con usted, milady. Con la lady Evangeline —responde, como si explicara algo obvio a un niño—. ¿Se encuentra bien? ¿No recuerda?

No recuerdo. No recuerdo nada de esto. Solo recuerdo el dolor por David, la botella de vino, el cuadro antiguo mirándome fijo… y luego nada.

Nada.

Bajo la mano y me quedo mirando mis dedos. Mis uñas. No están pintadas con el esmalte mate color vino que me puse para olvidar. Están limpias, cortadas de forma simple, completamente naturales. Sin cutículas resecas. Sin manchas de nicotina de los bares. Sin la uña del meñique rota de aquella vez que golpeé la mesa al discutir con David.

Un detalle minúsculo, trivial, que me hiela la sangre hasta los huesos.

Esto no es un secuestro.

Esto es algo mucho, mucho peor.

—¿Dónde estoy? —Mi voz es un hilo.

—En su habitación, milady —dice la chica con cara de lástima, como si estuviera hablando con una inválida—. En la mansión de sus padres. ¿De verdad no lo recuerda? El golpe… el doctor advirtió que podía causar confusión.

—¿Golpe? —Toco mi sien y siento el áspero tacto de un vendaje de tela. Duele. Es real.

—El caballo, milady —la chica —mi doncella, supongo— frunce el ceño con preocupación—. El señor Blackwell dijo que era demasiado orgulloso para una lady. Pero usted insistió. Y en el salto del seto del jardín…

Un fogonazo. Un recuerdo prestado que no es mío: la sensación de caída, el cielo azul girando, la tierra subiendo a toda velocidad, el impacto seco contra el costado. El aire escapándose de unos pulmones que no sé si son míos. Un grito ahogado.

Me estremezco.

La doncella ve mi espasmo y se apresura a hablar, como si llenar el silencio pudiera alejar el miedo.

—No se preocupe. Lo importante es que está bien. No podemos permitirnos otro susto, no después de… —Se muerde el labio, conteniendo las palabras.

—¿Después de qué? —pregunto, y mi voz suena un poco más firme. Tengo que parecer cuerda. Tengo que entender qué está pasando.

Ella baja la mirada, jugueteando con el dobladillo de su delantal de algodón crudo.

—Después de la partida de sus padres, milady. El duque y la duquesa… en el accidente de carruaje. Hará un mes el jueves pasado. —Su voz se quiebra en un susurro—. Dios los tenga en su gloria.

El aire se escapa de mis pulmones como si alguien me hubiera apuñalado.

Padres. Duque. Duquesa. Accidente. Un mes.

No es solo un viaje en el tiempo. Es una vida entera robada. Una tragedia ajena que ahora es mi carga. Una orfandad reciente que explica el vacío helado que siento en el pecho, un dolor que no es mío pero que habita en mí, que me pesa en los hombros como un abrigo mojado.

—Lord Pembroke, el administrador, ha estado ocupándose de todo —continúa la doncella, sin atreverse a mirarme—. Pero… insiste en que debe hablar con usted en cuanto se recupere. Dice que es urgente. —Hace una pausa, tragando saliva con dificultad—. Que el futuro del ducado depende de que… de que usted encuentre un marido adecuado antes de que finalice la temporada. Si no… —Se calla, pero el final flota en el aire, tan pesado como las piedras de las paredes.

Lo perderíamos todo.

Me hundo en las plumas de la almohada.

Matrimonio. Herencia. Un ducado. Son palabras de novela, conceptos abstractos que ahora se convierten en la cadena que me ata a este mundo absurdo. Yo, que acabo de deshacerme de un hombre mediocre enviándolo en Uber a casa de su amante, ahora tengo que encontrar uno "adecuado" para salvar unas tierras que nunca he pisado.

La ironía me da una arcada.

La doncella se acerca con una copa de plata.

—Aquí tiene, milady. Para la sed.

Extiendo la mano para tomarla, y al hacerlo, mi reflejo se distorsiona en la superficie pulida.

Y me quedo sin aliento.

Soy yo. Mis mismos ojos verdes. Mi misma nariz. Mi boca.

Pero es como si me hubieran quitado capas. La piel que siempre lucía cansada bajo el corrector ahora es clara y radiante, como si nunca hubiera conocido el estrés, las pantallas o las noches sin dormir viendo series. Mi pelo, que siempre sometía al hierro planchador para domar su rizo rebelde, cae sobre mis hombros en una cascada de bucles sueltos y naturales, con una vitalidad que nunca le he conocido. Mis cejas, siempre depiladas con precisión de arquitecto, son más tupidas, enmarcando una mirada que, a pesar del pánico, parece más abierta. Más luminosa. Hasta mis pestañas parecen más largas.

Es la esencia de mí. Sin el maquillaje. Sin los filtros. Sin las ojeras de la vida moderna.

Una versión salvaje y orgánica me observa desde el metal, tan desorientada como yo.

Y entonces pienso en David.

Él nunca me vio así. Nunca me vio sin el rímel corrido, sin la máscara de mujer fuerte que no necesita a nadie. Me quería cansada, supongo. Más fácil de manejar.

Pero esta chica del reflejo… esta Evangeline… parece que nunca ha tenido que fingir.

Antes de que pueda procesar el shock, la voz de la doncella me arranca del hechizo.

—Lord Pembroke ya ha escrito a la ciudad. En unos días, cuando esté más fuerte, la llevaremos a casa de su tía, la condesa viuda de Ashworth. —Su tono pretende ser alentador, pero a mí me suena a sentencia—. Ella se encargará de presentarla en sociedad y de… bueno, de guiarla para encontrar un esposo digno de su nombre.

Aprieto la copa de plata. El frío del metal cala hasta los huesos.

El reflejo de la chica de rizos salvajes y ojos asustados me devuelve la mirada.

La traición de David. Mi venganza cobarde con un Uber. Las capturas de pantalla. El cuadro antiguo mirándome fijo. Todo eso se desvanece como humo, como si nunca hubiera existido.

O como si siempre hubiera estado soñando.

Esta es mi realidad ahora.

Mi nombre es Evangeline. Soy una duquesa sin un céntimo, huérfana y acorralada. Y mi única misión es venderme al mejor postor para salvar el legado de unos fantasmas.

El debut en sociedad es en unos días.

Yo, que dejé de creer en los príncipes azules hace exactamente veinticuatro horas, ahora tengo que encontrar uno de verdad. O uno que finja serlo.

O uno que me destruya por completo.

Cierro los ojos.

No puedo comprender tanto caos solo quiero despertar.

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