El aire en la cabaña se volvió más denso con cada minuto que pasaba.
El olor a humedad, a madera vieja y a metal oxidado, llenaba los pulmones de Lautaro, mezclándose con el sabor metálico de la sangre en su boca. Tenía la cabeza baja, los brazos atados con una soga gruesa que ya le había marcado la piel. Cada movimiento era un recordatorio del dolor, pero también una pequeña prueba: cuánto podía resistir antes de romperse.
La Rusa caminaba en círculos a su alrededor, lenta, casi con gracia.
Su