El aire cortaba como cuchillas. El silencio, apenas roto por el crujir de las hojas bajo las botas de Lautaro, era un presagio. Afuera de la cabaña, el mundo parecía contener la respiración. La luna, alta pero oculta entre las ramas, lanzaba destellos pálidos sobre su rostro empapado de sudor y miedo. Su cuerpo dolía, la piel de sus muñecas ardía por las marcas que le habían dejado las cuerdas, pero ya no importaba.
Sabía que ella —la Rusa— había salido con sus hombres. Sabía también que las ch