Lautaro estaba tranquilo. Luego de la conferencia de prensa, había vuelto al hotel, agotado pero en paz. Se había duchado, cenado algo liviano con Tiago, y estaba recostado en la cama, mirando el techo, cuando un mensaje de voz de Ludmila lo hizo sonreír. Eran tiempos de euforia, de sueños que empezaban a tomar forma. Pero al otro lado de la ciudad, las sombras ya comenzaban a moverse.
La Rusa, encerrada en un calabozo especial de la policía federal argentina, aguardaba sentada, con las manos a