El silencio era espeso, tan espeso que se podía cortar con un cuchillo. El galpón abandonado en las afueras de Lima tenía un aire decadente, sus paredes húmedas y descascaradas, las luces colgando con un parpadeo errático que parecía anunciar lo que estaba por venir. Lautaro caminaba en silencio, sus pasos amortiguados por el polvo acumulado en el suelo. A su lado, Tiago mantenía el cuerpo tenso, como un resorte a punto de saltar, y detrás de ambos, Ludmila sostenía su celular con firmeza mient