Gabriela sostenía el celular con manos temblorosas. En la pantalla, el rostro serio del comisario Sosa, jefe de la unidad especial que custodiaba a las chicas, le hablaba con voz grave. Estaban en la cocina de su casa, el mate frío sobre la mesa, las cortinas apenas abiertas para que pareciera un hogar normal.
—Gabriela, tengo que informarle que hoy interceptamos unas comunicaciones que confirmarían que la Rusa está detrás del “accidente” de anoche —dijo el comisario, usando los dedos para hace