La puerta se abrió con apuro, casi con desesperación. Gabriela se levantó del sillón al escuchar el ruido y vio a Lautaro entrar rengueando, el rostro pálido por el dolor y la angustia.
—¿Dónde está? —preguntó sin siquiera saludar, buscando con la mirada.
Gabriela no necesitó responder. En el comedor, sentada con los ojos vidriosos, estaba Jenifer. Su mirada se alzó al escuchar su voz y por un segundo, el tiempo se detuvo.
Lautaro caminó hacia ella, cojeando. Le dolía el tobillo, le dolía el pe