Comenzaba el segundo tiempo. El murmullo del entretiempo se convirtió en rugido cuando los equipos salieron al campo nuevamente. El marcador decía 2-3. Pero algo había cambiado. El equipo de Lautaro ya no tenía miedo. Había fuego en sus ojos. Había hambre. Y había amor.
El silbato sonó y el balón rodó. Desde el primer segundo, los chicos salieron como leones. La presión era asfixiante. La tribuna los empujaba con fuerza. Y en la primera jugada, Lautaro recuperó una pelota en mitad de cancha, to