Los días habían pasado como en cámara lenta para Lautaro. Cada mañana despertaba con un solo objetivo: ir al hospital. Estaba ahí antes del almuerzo, y si lo dejaban, se quedaba hasta el anochecer. Jenifer ya podía sentarse, hablar un poco más, y sonreír. Esa sonrisa era su recompensa diaria. A veces solo se tomaban de la mano y no decían nada. No hacía falta.
El cuarto día desde el accidente amaneció distinto. No solo porque era día de partido, sino porque Lautaro sabía que hoy podía ser el dí