Tiago estaba sentado en el sillón del living, con los brazos cruzados y la mandíbula apretada. La transmisión del partido se veía en la pantalla grande del comedor, con el logo de la escuela en una esquina. Al principio, apenas miraba. Se hacía el desinteresado, pero cada vez que Lautaro tocaba la pelota, la tensión en su cuerpo crecía.
Sus padres estaban allí también. Su madre tomaba mate, en silencio, mientras su padre se inclinaba hacia adelante, sin disimular la expectativa. El ambiente era