El partido seguía su curso, intenso, eléctrico. Lautaro corría con una determinación que no se podía enseñar. Cada toque suyo parecía contar una historia. No era solo que jugara bien, era que lo hacía con elegancia, como si cada pase fuera pensado con el corazón.
Minuto 10 del segundo tiempo. El equipo rival estaba replegado, cuidando su ventaja mínima, pero Lautaro no se apuraba. Tomó la pelota unos metros fuera del área. Los defensores, al verlo perfilarse, dieron un paso adelante. Esperaban