Despacho de Héctor Pardo. Centro de la ciudad. Esa misma tarde.
La oficina de Héctor Pardo era un espacio pequeño, atestado de expedientes y archivos, con una luz cálida que apenas lograba disipar la penumbra de la tarde. Pardo estaba sentado tras su escritorio, con las gafas de lectura bajadas sobre la nariz y un expediente abierto entre las manos. Su compañero, un joven de unos treinta años llamado Mario, trabajaba en el ordenador de la esquina, con los auriculares puestos y la atención divi