Dalia se retiró al extremo del salón, junto a los ventanales que ofrecían una vista panorámica de la ciudad. El teléfono vibraba en su mano mientras esperaba que Draco contestara. A su espalda, Andrea permanecía en la entrada de la cocina, con los brazos cruzados, respetando su espacio pero atento a cada palabra.
La llamada se conectó al tercer tono. La voz de Draco sonó grave, ronca, como si hubiera estado esperando su llamada.
—Dime, pequeña.
—Draco, necesito contarte lo que ha pasado. —Dalia