Dalia se había apartado lentamente, volviendo a su asiento con la dignidad de quien intenta recomponerse después de una tormenta. Sus dedos, aún temblorosos, se movían con precisión mientras recogía el cabello suelto y lo enrollaba en un moño bajo. El traje estaba arrugado, pero ya no había nada que hacer con eso. Respiró hondo y miró por la ventanilla, fingiendo interés en la pared de hormigón.
Andrea, a su lado, también se había recompuesto. Se había pasado una mano por el pelo negro, había a