Capítulo 3
Esteban también parecía sentir compasión. Bajó aún más la voz.

—Su Alteza, la consorte acaba de dar a luz y está muy débil. En estos años le ha dado cinco hijos a la familia imperial. Aunque no reconozca sus méritos, no puede negar cuánto ha sufrido. Se nota cuánto lo ama. Y usted tampoco parece completamente indiferente a ella. ¿Por qué no...?

—¡Esteban! —La voz de Diego se volvió fría de golpe, con una inquietud apenas perceptible—. ¡No digas tonterías! ¿Cómo podría sentir algo por ella? Solo me quedo para asegurarme de que sobreviva. Si le ocurriera algo, mi madre lo usaría como excusa para atormentar de nuevo a Elena.

Habló con una firmeza que parecía destinada a convencerse a sí mismo.

—Que me ame o no es asunto suyo. La única mujer que he amado, desde el principio, es Elena.

Esteban pareció querer añadir algo, pero al final solo suspiró y guardó silencio.

La habitación quedó en calma. Un rato después, Gloria oyó el roce de la ropa: Diego parecía haberse puesto de pie. Se acercó a la cama y permaneció allí un momento. Ella sintió su mirada sobre el rostro.

Entonces lo oyó murmurar, como si hablara consigo mismo o se dirigiera a ella creyéndola todavía inconsciente.

—Recupérate. Y deja de causar problemas.

Los pasos se alejaron. Gloria esperó a estar segura de que se había marchado y abrió despacio los ojos.

Los bordados del dosel parecían moverse ante sus ojos nublados. Le dolía mucho la cara, pero ya no sentía rabia ni tristeza: solo un cansancio profundo y la urgencia de escapar.

Durante los días siguientes, Diego le envió numerosos tónicos y regalos con toda clase de pretextos. Sedas, telas finas, joyas... Se acumulaban hasta ocupar la mitad de una habitación.

Gloria ni siquiera los miró. No quería preguntarse si intentaba compensarla por lo que había hecho Elena o si sentía una preocupación y una culpa que ni él mismo se atrevía a admitir.

Solo quería recuperarse pronto y marcharse. Cerró sus puertas, descansó y dejó de prestar atención a todo lo que ocurría fuera.

Hasta que llegó el cumpleaños de Elena. Como consorte secundaria, no podía faltar.

El banquete se celebró en el mayor salón de recepciones del Palacio del Heredero, con un lujo desmedido. Diego hizo evidente su devoción por Elena, tanto en la magnificencia de la fiesta como en el regalo que dejó asombrados a todos.

No eran joyas de valor incalculable ni antigüedades excepcionales, sino un lienzo de diez metros de largo. Diego había pintado en él, con su propia mano, los recuerdos que compartía con Elena desde la infancia hasta sus primeros días de casados. Cada trazo revelaba la dedicación que le había puesto.

Al final había escrito también una promesa: "Unidos en matrimonio, nos amaremos sin dudas ni recelos".

Los invitados admiraban y envidiaban aquel gesto. Un hombre de su rango había aceptado dedicar tanto tiempo y esfuerzo a algo así. Elena sonreía radiante, acurrucada junto a él, como la mujer más feliz del mundo.

Solo Gloria permanecía en un asiento discreto, lejos de la cabecera. Con la mirada baja, bebía despacio el vino de frutas, ya un poco frío, sin inmutarse.

A mitad del banquete, unas bailarinas ofrecieron una danza elegante, acompañadas por una melodía cautivadora. Elena las observó un rato, hizo una mueca y dejó su copa de cristal.

Diego, siempre atento a ella, lo notó enseguida.

—¿Qué ocurre?

Elena frunció el ceño y se quejó con un tono mimoso.

—¿Esta es la Danza de la Belleza Incomparable? La bailarina principal apenas es agraciada. ¿Cómo va a representar una belleza incomparable?

Su mirada se deslizó hasta Gloria y en sus labios apareció una sonrisa cargada de intención.

—Gloria es cien veces más hermosa que esa bailarina. ¿Podríamos pedirle que se pusiera el traje y nos ofreciera la Danza de la Belleza Incomparable para animar la fiesta?

El salón entero quedó en silencio. Los invitados se miraron desconcertados; hasta la música y el baile se detuvieron.

A una bailarina la exhibían para entretener a los demás. Si obligaban a una consorte a actuar como una de ellas, Gloria se convertiría en el hazmerreír de toda la capital cuando se supiera.

Si Diego le guardaba siquiera un mínimo de consideración, aunque solo fuera por la reputación de su palacio, jamás aceptaría semejante exigencia.

Todas las miradas se volvieron hacia él. Su expresión, en efecto, se ensombreció. Frunció el ceño y miró a Elena con desaprobación.

—Elena, no seas caprichosa. Ella...

—Su Alteza... —lo interrumpió Elena, alargando las palabras. Los ojos se le humedecieron de inmediato, y su voz mezcló tristeza y coquetería—. Hoy es mi cumpleaños. Solo quiero disfrutar de la música y el baile. Estoy segura de que Gloria baila de maravilla. ¿Ni siquiera puede concederme algo tan pequeño? ¿O ahora también siente cariño por otra y ya no le importa cómo me siento?

La última pregunta tocó exactamente el punto vulnerable de Diego. Al verla al borde del llanto, recordó sus promesas y todo aquello por lo que sentía que estaba en deuda con ella. Su breve vacilación desapareció.

—Gloria, la princesa quiere verte bailar. Ve a cambiarte y ofrécele una danza.

Gloria apretó la copa hasta que se le pusieron blancos los nudillos. La dejó despacio, se levantó e hizo una reverencia ante Diego.

—Como ordene, Su Alteza.

Fue al pabellón lateral a ponerse el vestido de una bailarina. La tela, ligera y vistosa, marcaba su figura todavía esbelta, aunque ella aún no se había recuperado del parto. Su rostro pálido conservaba una belleza delicada que hacía que su fragilidad resultara sobrecogedora.

Bailó al ritmo de la música, con movimientos ligeros y fluidos. Cada vuelta y cada mirada sobre el hombro tenían una gracia natural que superaba con mucho la actuación anterior.

Sin embargo, nadie aplaudió. Solo hubo murmullos y miradas de lástima o desprecio.

Desde la cabecera, Diego observaba aquella figura que bailaba en el centro del salón.

¿Por qué no lloraba ni protestaba? ¿Por qué ni siquiera había intentado negarse? ¿Tanto lo amaba? ¿Hasta el punto de aceptar todo lo que él dijera?

Le quitaban a sus hijos y obedecía. La obligaban a bailar delante de todos y también obedecía.

Una irritación inexplicable y una opresión intensa se le instalaron en el pecho, hasta dificultarle la respiración.

Sigue leyendo este libro gratis
Escanea el código para descargar la APP
Explora y lee buenas novelas sin costo
Miles de novelas gratis en BueNovela. ¡Descarga y lee en cualquier momento!
Lee libros gratis en la app
Escanea el código para leer en la APP