Al regresar al pabellón lateral donde vivía, Gloria estaba a punto de pedirle a su doncella que preparara sus cosas cuando la puerta se abrió de golpe.
Elena entró con aire amenazante, seguida de un grupo de doncellas y sirvientas mayores. Llevaba un atuendo escarlata y un maquillaje impecable. Era hermosa, pero la crueldad y el orgullo de su mirada empañaban aquella belleza.
Se acercó directamente a la cama y la miró desde arriba.
—Cinco hijos en cinco años. ¿Admites tu culpa?
Gloria bajó los ojos y respondió con docilidad.
—Sí, Su Alteza.
—¿Y cuál es tu falta? —exigió Elena con voz estridente.
Gloria sabía lo que quería: que admitiera aquellos rumores humillantes. Repitió las palabras sin sentirlas.
—He hecho todo lo posible por seducir al príncipe, sin pudor ni vergüenza.
Elena esbozó una sonrisa de desprecio.
—Por lo visto, hasta te enorgulleces. Escúchame bien: ¡él solo me ama a mí! Si la emperatriz no lo hubiera amenazado con matarme, jamás se habría casado contigo. Tampoco tuvo tantos hijos contigo porque hubieras logrado seducirlo. Solo cumplía con la obligación de darle herederos a la dinastía. ¡No eres más que un instrumento para tener hijos!
—Sí, lo entiendo —respondió Gloria con la misma voz inexpresiva—. Su Alteza solo la ama a usted. No me atrevo a esperar nada más.
Solo quería que terminara cuanto antes aquel hostigamiento absurdo y que Elena se marchara.
Pero ese día, Elena parecía especialmente furiosa. Tal vez le diera celos saber que Diego había enviado a Gloria numerosos tónicos, o quizá simplemente le irritara verla tan sumisa y aun así tan hermosa. Levantó la mano de repente y le dio una bofetada brutal.
La cabeza de Gloria giró por el golpe. La mejilla se le enrojeció y se hinchó enseguida, y un hilo de sangre le asomó en la comisura. No emitió un sonido; solo volvió lentamente el rostro hacia Elena.
—¡Veo que no tienes intención de arrepentirte! —Elena soltó una risa fría—. ¡Vengan! La consorte Velázquez ha faltado al decoro, ha seducido a Su Alteza y se ha atrevido a desafiarme. ¡Denle veinte bofetadas para que aprenda cuál es su lugar y a quién debe obedecer!
Dos sirvientas robustas se acercaron de inmediato y sujetaron a Gloria, una a cada lado.
—¡Su Alteza, por favor! —Sofía Ríos, la doncella personal de Gloria, cayó de rodillas y suplicó entre lágrimas, inclinándose hasta tocar el suelo con la frente—. ¡Mi señora acaba de dar a luz! Está muy débil y no soportará un castigo. ¡Tenga piedad!
Sin dignarse a mirarla, Elena le dio una fuerte patada en el pecho.
—¡Maldita criada! ¿Quién te ha dado permiso de hablar? ¡Llévensela y mátenla a golpes!
Sofía gritó de dolor y quedó encogida en el suelo.
Gloria, olvidándose del dolor que le ardía en la cara, trató de incorporarse y miró a Elena.
—¡La culpa es mía! ¡Sofía es inocente, se lo ruego, perdónela! Si la deja vivir, aceptaré las bofetadas que sean necesarias hasta que se calme.
Elena prefería humillar personalmente a Gloria antes que castigar a Sofía. Resopló con desprecio.
—Qué conmovedora lealtad. Está bien, te daré esa oportunidad. ¡Sigan golpeándola hasta que yo ordene parar!
—¡Señora, no! ¡No tengo miedo de morir! ¡Señora! —gritaba Sofía, desgarrada, mientras la arrastraban hasta la puerta.
Las bofetadas resonaron una tras otra y cayeron sin piedad sobre el rostro de Gloria. Al principio, el dolor quemaba; después se volvió sordo y la cara se le fue entumeciendo. La boca se le llenó de un sabor metálico a sangre.
La vista empezó a nublársele y el zumbido en los oídos se hizo cada vez más fuerte. Poco a poco empezó a perder la conciencia.
Entre la confusión, le pareció distinguir una figura alta y familiar en las sombras de la galería, junto a la puerta: una túnica negra bordada en oro, una postura recta y firme.
Diego estaba allí, observando en silencio. La veía recibir los golpes y suplicar, veía la arrogancia cruel de Elena, pero no entraba, no la detenía.
Con la última bofetada, Gloria vomitó una bocanada de sangre. Todo se volvió negro y perdió el conocimiento.
Cuando volvió en sí, todavía era de noche.
Sintió, entre la somnolencia, que alguien le aplicaba un ungüento en el rostro. La frescura le aliviaba el ardor. No podía abrir los ojos, pero alcanzaba a oír las voces: Diego y Esteban Duarte, su eunuco de mayor confianza.
—Su Alteza, lleva horas aquí. El médico asegura que la consorte está fuera de peligro. Debería ir a descansar.
—No hace falta —respondió Diego con voz ronca y cansada—. Esperaré a que despierte.
Esteban pareció vacilar antes de hablar más bajo.
—Permítame una indiscreción, Su Alteza. Si estaba tan preocupado por ella, y vio desde la puerta lo que hacía la princesa, ¿por qué no intervino?
Gloria sintió una opresión en el pecho.
Había estado allí, viendo cómo la golpeaban, cómo vomitaba sangre y se desmayaba. ¿Por qué no había dicho una sola palabra?
Entonces oyó la respuesta de Diego. Su voz era serena, grave, pero cada palabra la atravesó.
—Le prometí a Elena que sería la única mujer de mi vida. Al tomar a Gloria rompí ese juramento y la hice sufrir. Me guarda resentimiento. Si no la dejo desahogarse, esa pena terminará dañando su salud. Por eso solo podía fingir que no veía nada.
Gloria sintió un frío que parecía salirle de los huesos y extenderse hasta el último rincón de su cuerpo.
¿Para evitar que Elena sufriera, había permitido que golpeara a una mujer recién parida hasta hacerla vomitar sangre y perder el conocimiento?
Así que amar a alguien podía llevar a consentirle semejante crueldad. A ignorar el bien y el mal, el daño causado e incluso la vida y la dignidad de otra persona.