La noche era negra. En la zona de la necrópolis imperial destinada a las consortes secundarias reinaba un silencio de muerte.
Las antorchas crepitaban e iluminaban el rostro pálido y desencajado de Diego.
—Caven —ordenó con frialdad.
Los funcionarios y los guardias de las tumbas se arrodillaron ante él.
—¡Reconsidere su decisión, Su Alteza!
—¡Caven!
Diego apartó de una patada al funcionario que tenía delante.
—¡Quien desobedezca será decapitado!
Sus guardias personales no se atrevieron a resisti