Fue un gesto leve, pero de una firmeza irrevocable.—¿Y tus hijos? ¿No te duele dejarlos?A Gloria se le contrajo el pecho, como si una mano invisible le apretara el corazón con tanta fuerza que apenas pudiera respirar.Eran los niños que había llevado durante nueve meses en su vientre, los que había traído al mundo arriesgando la vida en cada parto.Del primero había guardado a escondidas una pequeña cobijita; del segundo, un mechón de cabello que le habían cortado por primera vez. Del tercero... Ni siquiera se permitía pensar demasiado en sus rostros. Temía que, si lo hacía, ya no pudiera reunir el valor para irse.Pero ninguno estaba a su lado. Todos estaban al cuidado de Elena, y los mayores la llamaban mamá.Ella, su madre biológica, quizá no fuera más que una figura difusa y poco importante en sus vidas.—Diego se llevó a los niños. Tienen una madre que los cuida, están a salvo y gozan de una posición privilegiada. No tengo de qué preocuparme.La emperatriz comprendió, al ver su
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