La fiebre le nublaba la vista, pero el oído se le había vuelto extraordinariamente sensible.
Desde la tienda contigua llegaban sonidos apagados: los gemidos entrecortados de una mujer, la respiración grave de un hombre, el leve movimiento de la cama... Cada sonido lo atormentaba.
Se mordió el labio inferior con fuerza. El sabor metálico de la sangre se extendió por su boca. Hundió las uñas en el colchón hasta casi hacerse sangrar.
Quería irrumpir allí, gritar, matar. Pero todo el cuerpo le dolía