Capítulo 4
Al terminar la danza, Gloria hizo una reverencia y volvió en silencio a su asiento, sin mirar a nadie.

El banquete continuó en un ambiente extraño. Todos sabían que, después de aquello, Gloria había perdido todo el respeto del que aún gozaba en el Palacio del Heredero.

Por fin, la fiesta empezó a llegar a su término y los invitados se levantaron para despedirse.

Diego miraba a Gloria, que seguía con la cabeza baja y sin decir una palabra. La irritación y aquella otra emoción que no lograba identificar crecían en su pecho. Se levantó para acercarse a ella. Al menos quería decirle algo.

¡Pero en ese instante todo cambió!

Varias figuras oscuras irrumpieron desde el exterior, y el brillo de sus armas cruzó el salón.

—¡Asesinos! ¡Protejan a Su Alteza!

Los gritos de los guardias y el choque de las espadas llenaron el lugar. Las mujeres gritaban y los invitados corrían en todas direcciones.

Diego colocó de inmediato a Elena detrás de él, desenvainó la espada y ordenó:

—¡No se preocupen por mí! ¡Protejan a la princesa!

Con movimientos rápidos, rechazó el ataque de dos asesinos. Por el rabillo del ojo vio a Gloria, zarandeada por la multitud aterrada y sin nadie que la protegiera.

Se sobresaltó y estuvo a punto de añadir que protegieran también a la consorte. Pero, en aquel instante de distracción, una flecha de ballesta voló en silencio hacia él, a la altura del corazón.

Ocupado en luchar contra los dos asesinos, Diego no la vio.

Al mismo tiempo, alguien chocó con fuerza contra Gloria. Ella perdió el equilibrio y salió despedida hacia delante, justamente en dirección a Diego.

Se oyó el ruido sordo de la flecha al penetrar en la carne.

Diego sintió de pronto un peso entre sus brazos. Un líquido caliente le empapó la parte delantera de la ropa. Bajó la mirada, incrédulo, y vio muy cerca el rostro de Gloria, blanco como la nieve. Tenía una flecha clavada en el pecho; las plumas aún temblaban.

Un terror feroz y una conmoción que jamás había sentido le apretaron el corazón. Sujetó con fuerza el cuerpo de Gloria, que empezaba a deslizarse al suelo, y gritó con la voz desencajada:

—¿Te has vuelto loca? ¿No te importa morir? ¿Por qué... por qué recibiste esa flecha por mí?

Gloria abrió la boca para responder, pero solo expulsó una bocanada de sangre que le manchó las manos.

Quería decirle que no, que no había intentado protegerlo; la habían empujado. Pero estaba tan cansada. Los párpados le pesaban demasiado.

Antes de hundirse en la oscuridad, oyó vagamente los gritos desesperados de Diego.

—¡Un médico! ¡Llamen al médico! ¡Sálvenla! ¡Tienen que salvarla! ¡Si le ocurre algo, los haré morir a todos con ella!

Después llegó la voz temblorosa del médico.

—Su Alteza... La flecha lleva un veneno muy potente. Que sobreviva o no dependerá del destino.

—¿Del destino? ¡No quiero oír eso! ¡Encuentre la manera de salvarla! ¡No puede morir!

Ella tampoco quería morir. Le había costado tanto llegar a aquel momento. La libertad estaba a su alcance. ¿Cómo iba a morir allí?

El miedo, el dolor de aquella injusticia y toda la desesperación acumulada durante cinco años se convirtieron en lágrimas ardientes que le resbalaron por las sienes.

En medio del aturdimiento, sintió unas manos grandes, frías y ligeramente temblorosas que le acariciaban el rostro y le secaban las lágrimas con cuidado.

—No tengas miedo. Estoy aquí. Voy a salvarte.

¿Era Diego? Pero no podía ser. ¿Cómo iba a tratarla con tanta ternura? Debía de haber oído mal.

Su conciencia terminó de hundirse en el vacío.

Cuando despertó de nuevo, estaba en sus propios aposentos. Abrió los ojos con esfuerzo; tardó un rato en enfocar lo que había junto a la cama.

Diego estaba allí, con la frente apoyada en una mano y los ojos cerrados. Parecía haberse quedado dormido.

Seguía llevando la misma ropa negra, ahora arrugada. Tenía el cabello un poco desordenado, ojeras profundas y una barba incipiente en el mentón. El príncipe, siempre impecable y distinguido, mostraba un cansancio y un descuido que Gloria nunca había visto.

Como si percibiera su movimiento, Diego despertó de golpe y levantó la cabeza. Sus miradas se encontraron y los ojos de él se llenaron de alegría.

—¿Despertaste? ¿Cómo te sientes? ¿Todavía te duele? ¿Qué te molesta? ¡Llamen al médico, deprisa!

Las preguntas se sucedían sin darle tiempo a responder. Sus ojos enrojecidos y la preocupación que no intentaba ocultar dejaron a Gloria desconcertada.

—Su Alteza —dijo con voz débil y ronca—, ¿ha estado aquí todo el tiempo?

La expresión de Diego se tensó. Pareció avergonzarse y apartó un instante la mirada, pero no lo negó.

—Recibiste la flecha por mí. Si no hubiera sido por ti, sería yo quien estaría aquí, entre la vida y la muerte.

Hizo una pausa y la observó con una expresión difícil de descifrar.

—Durante todos estos años siempre he protegido a otros: a mi padre, a mi madre, a Elena, a este imperio. Es la primera vez que alguien arriesga su vida para protegerme a mí. ¿No tienes miedo de morir? ¿O de verdad me amas tanto como para no temerle a la muerte?

Gloria se quedó completamente inmóvil. Diego lo había entendido todo mal.

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