Fue un gesto leve, pero de una firmeza irrevocable.
—¿Y tus hijos? ¿No te duele dejarlos?
A Gloria se le contrajo el pecho, como si una mano invisible le apretara el corazón con tanta fuerza que apenas pudiera respirar.
Eran los niños que había llevado durante nueve meses en su vientre, los que había traído al mundo arriesgando la vida en cada parto.
Del primero había guardado a escondidas una pequeña cobijita; del segundo, un mechón de cabello que le habían cortado por primera vez. Del tercero... Ni siquiera se permitía pensar demasiado en sus rostros. Temía que, si lo hacía, ya no pudiera reunir el valor para irse.
Pero ninguno estaba a su lado. Todos estaban al cuidado de Elena, y los mayores la llamaban mamá.
Ella, su madre biológica, quizá no fuera más que una figura difusa y poco importante en sus vidas.
—Diego se llevó a los niños. Tienen una madre que los cuida, están a salvo y gozan de una posición privilegiada. No tengo de qué preocuparme.
La emperatriz comprendió, al ver su determinación, que ya no podría retenerla.
—Está bien. Has cumplido tu parte y puedo dejarte ir. Pero estás muy debilitada. Al menos descansa unos días más. Luego ven por un salvoconducto para salir del palacio. A partir de entonces, serás libre.
Aquellas palabras la llenaron de alegría y alivio. Después de cinco años de sufrimiento, por fin tenía la esperanza de recuperar su libertad.
Casi tropezó al volver a arrodillarse. La emoción le quebró la voz.
—¡Gracias por su misericordia, Su Majestad!
Cuando salió de los aposentos de la emperatriz, ya había oscurecido. Avanzó despacio por el largo pasillo, apoyándose en la pared, y sus pensamientos regresaron a cinco años atrás.
Por entonces, toda la capital sabía que Diego y Elena se conocían desde la infancia y formaban una pareja perfecta. El día de su boda, ante todos los ministros y mandos militares, Diego incluso había jurado que ella sería su única esposa hasta el fin de sus días.
Pero habían pasado tres años y Elena seguía sin quedar embarazada.
La emperatriz estaba desesperada. Le preocupaba la continuidad de la dinastía y, aún más, que la falta de descendencia debilitara la posición de Diego como sucesor. Finalmente, lo obligó a tomar una consorte amenazando con matar a Elena.
Diego se resistió, discutió y terminó cediendo.
Entre los retratos cuidadosamente preparados de las hijas de los funcionarios, señaló al azar el de Gloria, menos llamativa y de familia más modesta, hija del viceministro de Obras Públicas.
Cuando la emperatriz la convocó al palacio, Gloria se arrodilló ante ella.
—No deseo casarme, Su Majestad.
Ya amaba a alguien: Gabriel Navarro, el joven general de la familia del comandante de la frontera norte. Habían crecido juntos y se habían intercambiado regalos como promesa de matrimonio. Solo les faltaba la aprobación paterna para formalizar su compromiso.
La emperatriz bebió un sorbo de agua sin apresurarse.
—He oído que Gabriel irá a la frontera el mes próximo para adquirir experiencia. En un lugar así, cualquiera puede caer bajo una espada. Si le ocurriera algún accidente...
Gloria levantó la cabeza de golpe.
—Si entras al palacio y das a luz a cinco hijos para asegurar la descendencia de la dinastía —continuó la emperatriz, dejando la taza—, te permitiré marcharte. Después podrás buscar a quien quieras. No te lo impediré.
Gloria se mordió el labio y se clavó las uñas en las palmas.
—Si te niegas —añadió la emperatriz—, haré que alteren ahora mismo las órdenes militares de Gabriel para que muera en la frontera. No me guardes rencor. Diego ama a su esposa más que a su propia vida, y por fin ha aceptado elegirte. Debes entrar al palacio para darle descendencia a la familia imperial.
Arrodillada, Gloria sintió un frío que le recorría todo el cuerpo. Aquello no era una negociación. Era una orden.
Su matrimonio y varios años de su vida a cambio de la seguridad del hombre al que amaba.
Cerró los ojos. Cuando los abrió, en su mirada solo quedaba una obediencia vacía.
—Obedeceré, Su Majestad.
Gloria se casó. Para cumplir el acuerdo y marcharse cuanto antes, no tuvo más opción que recurrir a todos los medios a su alcance para atraer la atención de Diego y acostarse con él.
Pronto comenzaron los rumores: Gloria era una seductora, estaba locamente enamorada del príncipe y hacía cualquier cosa por ganarse su favor, sin el menor pudor ni dignidad.
Gloria no podía explicar su sufrimiento ni tenía a quién contárselo.
Por fortuna, pronto quedó embarazada de su primer hijo.
El día del parto, Diego acudió y se quedó fuera de la habitación.
El bebé nació sano. Era un niño. Gloria aún no había podido abrazarlo cuando Diego entró y le habló mientras ella seguía exhausta.
—Elena se siente sola y siempre ha querido un hijo. Este se criará como suyo.
Tendida entre sábanas ensangrentadas, Gloria lo miró y vio cómo una sirvienta, detrás de él, se llevaba aquel pequeño bulto envuelto en mantas. Ni siquiera pudo pronunciar una palabra de protesta.
El segundo también fue un niño.
—Elena quiere darle un compañero al mayor —dijo Diego esa vez—. Ella criará también a este.
El tercero, el cuarto... Cambiaban las razones, pero el resultado era siempre el mismo. Apenas nacían, antes de que cesara su llanto, se los llevaban de inmediato a los aposentos de Elena.
El quinto, esta vez, era una niña. Diego también se la llevó.
Antes de marcharse, al ver a Gloria en la cama, sin color en el rostro ni expresión en los ojos, sintió algo parecido a la compasión, una emoción poco habitual en él.
Con la recién nacida en brazos, vaciló antes de hacerle una promesa.
—Espera un poco más. El próximo podrás criarlo tú.
Gloria levantó despacio los ojos hacia él.
Diego era muy atractivo: cejas bien definidas, ojos brillantes, nariz recta y la distinción propia del heredero al trono. Con la niña en brazos, hasta sus facciones parecían haberse suavizado.
Pero Gloria no sintió nada. Porque no habría un próximo hijo. Ya había cumplido su parte.
Nada de lo que había en el palacio le pertenecía: ni aquellos edificios fríos, ni el hombre indiferente, ni los hijos que no podían reconocerla como madre.
Gabriel la esperaba en la frontera. Se marcharía de allí para siempre.