A Gloria le zumbaban los oídos. Se le heló la sangre.
¡Él sabía perfectamente que Elena había montado aquella farsa para incriminarla! Y, aun así, en lugar de desenmascararla o hacer justicia, le exigía a ella, la víctima, que confesara un delito que no había cometido y aceptara el castigo.
Todo para que la tristeza no afectara la salud de Elena. Diego creía que Gloria lo había protegido de una flecha; aun así, le exigía aquello cuando todavía no se había recuperado del veneno ni del parto.
La indignación ante aquel absurdo y un dolor punzante la invadieron con más fuerza que cuando la flecha la había atravesado.
Tardó un buen rato en poder hablar.
—Su Alteza, todavía no me he recuperado del parto. ¿Me permitiría no confesar esta vez?
Diego vio su rostro pálido y el débil destello de esperanza en sus ojos. Algo se agitó en su interior y lo irritó. Apartó la mirada, pero su voz se endureció.
—No me pongas las cosas difíciles. Es solo una formalidad, no recibirás un castigo grave. Cuando esto pase, te compensaré.
No quería compensaciones. Solo quería marcharse en paz.
Pero sabía que no podía elegir. La palabra de Diego era ley. Si le ordenaba confesar, debía confesar. Si le ordenaba aceptar un castigo, debía aceptarlo.
Bajó lentamente los ojos. Cuando volvió a mirarlo, su rostro reflejaba una resignación absoluta.
—Entiendo, Su Alteza.
Al verla obedecer, Diego relajó un poco la expresión.
—Entra.
Pasaron al salón, uno detrás del otro.
Elena estaba recostada en un diván de brocado. En cuanto vio a Gloria detrás de Diego, se echó a llorar con una expresión desvalida.
—¡Su Alteza, tiene que hacerme justicia! Jamás imaginé que Gloria me guardara tanto rencor por el baile. ¡Quiso matarme con una maldición tan cruel! Si este maestro no tuviera poderes tan grandes, quizá nunca habría vuelto a verlo.
Diego se acercó enseguida, le tomó la mano y la tranquilizó con ternura.
—No te alteres. Cuida tu salud. Ya hemos aclarado lo sucedido.
Se volvió hacia Gloria y le indicó con la mirada que hablara.
Ella cerró los ojos un instante. Al abrirlos, hizo una reverencia hacia Elena y habló con una voz monótona, sin emoción alguna.
—El objeto de hechicería lo hice yo, en un momento de insensatez. Reconozco mi falta. Le pido a Su Alteza que me castigue.
Una satisfacción fugaz cruzó el rostro de Elena, pero enseguida volvió a mostrarse ofendida y furiosa.
—¡Su Alteza, la ha oído! ¡Ella misma lo admite! ¡Quería matarme! Debe castigarla con severidad. De lo contrario, me temo que nunca podré recuperarme.
Diego le palmeó el dorso de la mano y se volvió hacia Gloria con expresión solemne, como si de verdad estuviera impartiendo justicia.
—La consorte Velázquez ha practicado hechicería y maldecido a la princesa. Por este delito, merece la muerte. Pero, dado que reconoce su culpa y ha dado descendencia a la familia imperial, le perdonaré la vida. Desde hoy permanecerá en la capilla, donde copiará cien veces el Libro de la Sabiduría y reflexionará sobre sus faltas.
Copiar aquel libro cien veces en una capilla fría y húmeda ya era un castigo terrible para una mujer que aún sufría una herida grave y seguía recuperándose del parto.
Sin embargo, Elena no estaba satisfecha. Se incorporó de golpe.
—¿Solo copiar un libro? ¡Su Alteza, estuvo a punto de matarme! ¿Cómo va a aprender la lección con un castigo tan leve?
Se aferró a su brazo y lo miró entre lágrimas.
—¿Acaso se ha enamorado de ella? ¿Por eso la favorece?
—¡No digas disparates! —Diego endureció el rostro y lo negó con firmeza—. Solo te amo a ti. ¿Por qué iba a favorecerla?
—¡Entonces demuéstremelo! Envíela al Tribunal de Disciplina del Palacio. Que la castiguen según las normas.