El silencio en la red neuronal de Vance era aterrador, una vacuidad gélida que intentaba succionar cada recuerdo de mi infancia, cada rastro del calor de Natalia. Pero afuera, en el suelo sagrado de Eldoria, el caos era un incendio fuera de control. El olor a ozono se mezclaba con el de la sangre fresca y el pelaje quemado. Los Lobos-Drones, mis propios hermanos, avanzaban con la precisión de un relojero asesino, escupiendo ráfagas de plata que destrozaban los troncos milenarios.
Yo estaba allí