El aire en Eldoria había dejado de oler a pino y tierra mojada; ahora apestaba a ozono, a metal recalentado y a la inminencia de la muerte. Sobre nuestras cabezas, la fortaleza móvil de Vance, una mole de acero que desafiaba las leyes de la gravedad y de la decencia, proyectaba una sombra alargada que parecía querer devorar el bosque entero. Pero en el claro donde nos encontrábamos, el calor no venía de las máquinas. Venía de nosotros.
El vínculo que Natalia, Derek y yo habíamos formado seguía v