El amanecer en Eldoria no trajo luz, sino una penumbra grisácea que se filtraba a través del humo de los incendios forestales que aún devoraban los bordes del claro. El silencio que siguió a la carnicería del Capítulo 24 era pesado, un vacío que zumbaba en mis oídos más que el pulso electromagnético que había disparado. Mi cuerpo, entrelazado con el de Natalia entre las raíces del gran roble, se sentía como un mapa de guerra: hematomas, cortes de bayoneta y el rastro de sus uñas marcando mi esp