El dolor no era una señal de advertencia; era una prisión. La red de grafeno electrificada me mantenía clavado al suelo húmedo del bosque de Eldoria, enviando descargas de diez mil voltios directamente a mi puerto neural. Cada vez que intentaba transformarme, el sistema de la red detectaba el pico de adrenalina y me castigaba con un arco de electricidad que me freía los pensamientos.
Olía a ozono, a tierra quemada y a mi propia carne chamuscada. Pero lo que realmente me estaba matando no era el