El bosque de Eldoria ya no susurraba; gritaba. El estruendo de los rifles de pulso de los Cazadores de Élite rasgaba la noche, dejando tras de sí un rastro de ozono y carne quemada. Eran hombres entrenados para una sola cosa: el exterminio. No veían en nosotros a seres vivos, sino a errores biológicos que debían ser purgados con fuego y uranio.
Me puse de pie sobre los escombros de la fortaleza, sintiendo el peso del cadáver de mi padre aún caliente en mi memoria. Mi sistema interno estaba al b