El aire de la oficina estaba cargado, denso, como si todas las miradas pesaran sobre mí. Podía sentirlas clavándose en mi espalda, en mi nuca, como agujas invisibles. No era la primera vez que me sentía así en ese lugar, pero sí la primera en la que ya no pensaba bajar la cabeza. El círculo de personas a mi alrededor parecía cerrarse cada vez más, como un anfiteatro que espera ver la ejecución de alguien.
Entonces ocurrió: las puertas del elevador se abrieron y apareció Adrián.
Entró con ese po