Los primeros rayos del sol se deslizaron tímidos entre las cortinas, como si temieran despertar a una bestia dormida. Mis párpados pesaban; cada intento de abrirlos era una lucha contra el cansancio acumulado de noches sin sueño, contra la pesadez de un cuerpo desgastado por la traición y el dolor. El insomnio había cavado surcos oscuros bajo mis ojos y el corazón, aunque aún latía, parecía arrastrar consigo una carga insoportable.
Un suspiro se escapó de mis labios, suave y resignado, mientras