Luciano no pareció conforme con mi respuesta. Dejó la taza sobre la mesa y se inclinó un poco hacia mí, acortando la distancia.
—¿Y eso fue todo? —preguntó, con voz suave pero cargada de una firmeza que me hacía sentir desnuda ante él.
Mi respiración se volvió irregular. Sentía su mirada recorrer mi rostro, hasta detenerse en mis labios.
Cuando su mirada se clavó en mis labios, todo volvió: la noche anterior, la cercanía sofocante, esa mirada casi depredadora y el deseo brutal que me recorrió c