Él apagó la luz principal, dejando solo las lámparas laterales encendidas. El ambiente se volvió más cálido, más íntimo.
—Debes descansar, cara mía. —Su tono era casi una orden, pero su mirada… su mirada decía otra cosa.
—No creo poder dormir —admití.
Luciano sonrió apenas, esa sonrisa que parecía un secreto.
—Inténtalo. Estás a salvo aquí.
Sus palabras me atravesaron de nuevo, directas, suaves, peligrosamente dulces. “A salvo.” Nadie me decía eso. Nadie lo hacía sonar tan convincente.
Lo vi al