Para mí, el día pasó como un borrón. Documentos, llamadas, reuniones interminables y esa presión en el pecho que no me abandonó ni un segundo. Revisé cada prueba una y otra vez; quería asegurarme de que mañana nada pudiera fallar. Quería ver sus caras —las de Adrián y Lucía— cuando la verdad cayera sobre ellos como un hierro candente. Que sintieran, aunque fuera por un instante, la misma humillación que ellos celebraron juntos… como si mi dolor hubiese sido un chiste privado.
No los perdonaría.