A nuestro alrededor, los empleados del hotel parecían desvanecerse en la penumbra; solo existíamos Luciano y yo. Cada paso que daba hacia la entrada me recordaba la diferencia entre la vida que había dejado atrás y el espacio seguro que él me ofrecía. Por primera vez en horas, sentí que podía respirar, aunque cada respiración también traía consigo una mezcla de deseo y curiosidad que me desconcertaba.
—Desde que te conocí… —murmuré, más para mí misma que para él—. Ya no me siento sola, siempre