Entré al edificio con la carpeta cerrada bajo el brazo como quien entra a una sala de juicio. La notificación de auditoría interna había corrido por toda la empresa como un rumor frío; ahora la máquina que había activado comenzaba a moverse. Mis manos no temblaban —o al menos eso creía—; la calma que me sostenía era de hierro, aquella que sólo te da la certeza de llevar la verdad contigo.
La sala de reuniones olía a papel, a café y a la formalidad de los relojes. Diego, Carla y el analista est