El día amaneció gris pero mi cabeza era otra cosa. No era la niebla del recuerdo ni el temblor de la culpa; era un frío metódico que me obligaba a pensar en pasos, en orden, en tiempo. Había dormido con la carpeta al lado de la cama, como quien duerme con un arma cargada: cerca y sin tocarla, pero lista para usar. Me vestí con cuidado, como quien prepara una armadura. Nada de colores chillones, nada de gestos que delataran una guerra en curso. La discreción sería mi primer escudo.
Llegué a la