Los días pasaban, y los entrenamientos con Madeleine me provocaban un sinfín de emociones. Me resultaba prácticamente imposible tenerla tan cerca y no poder cumplir con todas las fantasías que mis instintos me exigían.
Ragnar estaba cada vez más impaciente, y me costaba trabajo mantenerlo bajo control. Ella era tan sensual… pero, a la vez, tan inocente, que me perturbaba de una manera abrumadora. Su rostro era una tentación constante, y su presencia, una prueba diaria de resistencia. El destino