Me acerqué a Greta con el corazón encogido. Estaba de pie junto a una de las ventanas, con la mirada perdida en el horizonte. Había en ella una dignidad silenciosa, pero también un dolor que se filtraba como grietas en su fortaleza.
—Tía Greta —dije con suavidad—. Lamento tanto lo sucedido… Quiero que sepa que estoy aquí para usted. Para todo lo que necesite.
Ella giró lentamente hacia mí, y en sus ojos cansados brillaba el mismo dolor que yo conocí cuando perdí a mi madre. Me abrazó sin decir